Atrapado en el espacio, perdido en el tiempo

Notas sobre la espera de un peticionante de asilo en Francia

(Présentation du texte) L’attente peut être considérée comme l’« activité » par excellence de ceux qui demandent l’asile, et les centres pour demandeurs d’asile en France (CADA) – espaces provisoires par définition – comme des lieux d’attente.
Le temps du centre se caractérise par une sorte d’hypertrophie de l’attente. La vie au CADA apparaît comme une halte, une interruption momentanée, un moment pour reprendre son souffle (s’occuper de soi en ayant les moyens de survie garantis) dans une trajectoire marquée par la circulation et la traversée de frontières.
Les personnes rencontrées au cours de mon enquête de terrain ont dû attendre entre six mois et quatre ans, période pendant laquelle elles n’ont pas le droit au travail et leur statut légal est précaire. Malgré l’objectif politique affiché de raccourcir les temps de procédures, une bonne partie de mes interlocuteurs attendent toujours. La première fois que j’ai visité un CADA, une intervenante sociale m’expliquait que l'essentiel de son travail consistait en « l’accompagnement pour gérer l’attente ».
Mais que veut dire en réalité attendre ? Qu’est-ce qui se passe lorsqu’on est mis en attente ?
Puisque contrainte, l’attente implique une forme de soumission et, comme l'a souligné Pierre Bourdieu (1997), elle modifie la conduite de ceux qui sont suspendus à la décision attendue. La procédure d’asile et l’entrée en CADA induisent un basculement du temps qui vient s’ajouter à la contradiction temporelle qui habite l’émigré, ballotté entre deux temps, deux conditions, deux pays (Sayad, 1999).
Cet article explore l’attente quotidienne d’Aké, jeune demandeur d’asile accueilli dans un CADA de la banlieue sud de Paris. Il s’agit de proposer, à partir de pratiques quotidiennes - ces activités par lesquelles on en passe pour « tuer », « oublier » le temps -, une réflexion sur la banalisation de l’attente dans ces espaces de mise à l’écart.
L’accent mis sur ce rapport à la temporalité, peut paraître sous-estimer les autres dimensions de l’expérience des demandeurs d’asile accueillis en CADA ; le confinement, le contrôle, l’altérité, constituent, certes, d’autres aspects de l’expérience, à peine effleurés ici. Il m’a semblé pourtant nécessaire de rendre compte des expériences quotidiennes d’Aké ainsi que du regard qu’il porte sur son vécu car l’attente permet de s’attarder sur un aspect, certes moins spectaculaire que la traversée de la frontière par exemple, mais tout aussi constituant de l’itinéraire de ces « populations flottantes ». Dans l’attente et ces espaces de confinement, l’inutilité des « indésirables » apparaît en creux. (C.K.)

 

Debía llevar la espera – y el desabrimiento – en soliloquio…
Antonio Di Benedetto, Zama.

 

La espera puede ser considerada como la “actividad” de aquellos que solicitan refugio en Francia por motivos políticos1, y los centros de recepción y asistencia para peticionantes de asilo – espacios, por definición, provisorios, de tránsito – como lugares de espera. Las personas que encontré durante el trabajo de campo debieron – deben, puesto que, para muchos, todavía es parte de su presente – esperar la evaluación administrativo-legal de su solicitud entre seis meses y cuatro años, durante los cuales no pueden trabajar legalmente, viven en dichos espacios de confinamiento gracias a la asistencia social del Estado y su situación jurídica es precaria. Pero ¿qué quiere decir en realidad esperar? ¿Qué ocurre cuando se es puesto a esperar? El presente artículo constituye una exploración de la espera en la vida de todos los días de un peticionante de asilo que se encuentra en un centro de recepción ubicado en los suburbios de París. A partir de sus prácticas cotidianas, me interesa indagar en lo que sucede cuando la espera se banaliza, cuando aparece como algo casi “natural” y “familiar”. Esta reflexión se basa en un corpus etnográfico recolectado fundamentalmente en dos centros para peticionantes de asilo2 entre fines de 2003 y 2008. Más precisamente, conocí a Aké3  en marzo de 2005. La metodología utilizada consistió en entrevistas (con y sin grabador), discusiones en las que tomé notas, otras en las que no, en la simple observación de sus interacciones y quehaceres cotidianos en el Centro y en la observación participante de situaciones más o menos ordinarias como las salidas recreativas organizadas por los trabajadores sociales, las reuniones o eventos institucionales. Estas páginas se nutren también de innumerables conversaciones fuera del ámbito del Centro, incluso después de haber dado por terminado el trabajo de campo intensivo, tomando café en un bar parisino.

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La espera puede ser considerada como la “actividad” de aquellos que solicitan refugio en Francia por motivos políticos , y los centros de recepción y asistencia para peticionantes de asilo – espacios, por definición, provisorios, de tránsito – como lugares de espera. Las personas que encontré durante el trabajo de campo debieron – deben, puesto que, para muchos, todavía es parte de su presente – esperar la evaluación administrativo-legal de su solicitud entre seis meses y cuatro años, durante los cuales no pueden trabajar legalmente, viven en dichos espacios de confinamiento gracias a la asistencia social del Estado y su situación jurídica es precaria. Pero ¿qué quiere decir en realidad esperar? ¿Qué ocurre cuando se es puesto a esperar? El presente artículo constituye una exploración de la espera en la vida de todos los días de un peticionante de asilo que se encuentra en un centro de recepción ubicado en los suburbios de París. A partir de sus prácticas cotidianas, me interesa indagar en lo que sucede cuando la espera se banaliza, cuando aparece como algo casi “natural” y “familiar”. Esta reflexión se basa en un corpus etnográfico recolectado fundamentalmente en dos centros para peticionantes de asilo  entre fines de 2003 y 2008. Más precisamente, conocí a Aké  en marzo de 2005. La metodología utilizada consistió en entrevistas (con y sin grabador), discusiones en las que tomé notas, otras en las que no, en la simple observación de sus interacciones y quehaceres cotidianos en el Centro y en la observación participante de situaciones más o menos ordinarias como las salidas recreativas organizadas por los trabajadores sociales, las reuniones o eventos institucionales. Estas páginas se nutren también de innumerables conversaciones fuera del ámbito del Centro, incluso después de haber dado por terminado el trabajo de campo intensivo, tomando café en un bar parisino.

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Aké llegó al centro para peticionantes de asilo donde lo conocí en diciembre de 2004, después de haber pasado varias semanas en casa de unos compatriotas que había encontrado en un bar de la Place de Clichy en París. Antes, no le había quedado otra opción que dormir en el metro. Es de Costa de Marfil, tiene hoy treinta y tres años. Hijo de un médico fallecido cuando tenía seis años y de una profesora de secundario, pertenece a una familia acomodada de Bouaké (segunda ciudad más importante del país). “No digo que éramos príncipes pero teníamos todo allá”. Después de la escuela, se inscribió en la universidad para estudiar administración, pero no pudo terminar la carrera. En aquel tiempo, además de la facultad, Aké trabajaba como maestro en una escuela y participaba en el proyecto Ecole pour Tous (literalmente, Escuela para Todos), una ONG que había fundado junto a unos compañeros con el apoyo de UNICEF. También escribía crónicas sobre la turbulenta situación de su región para el diario Le Front.

Manifestaciones, clases boicoteadas, situaciones de violencia en las que se vio involucrado en Abidjan, protestas… sus artículos eran percibidos como críticas agudas, las amenazas se hicieron frecuentes, lo peor estaba por venir. Un miércoles por la noche, en casa de su madre junto a su pequeña hija y su compañera, relata Aké, tocan a la puerta. Abre, dos balazos, cae inconsciente al suelo. No se acuerda de lo que vino después. Su madre recibió un tiro, murió en el acto. A él también lo creyeron muerto. Cuando se fueron los agresores, su tía lo llevó al hospital escondido en su auto. Lo operaron de urgencia. Convaleciente, sintiéndose culpable por la muerte de su madre, se escondió lejos de Bouaké – epicentro de la rebelión que estalló en septiembre de 2002 –. Su tía organizó sus funerales, como para que toda la comunidad confirmara su muerte. Aké cruzó la frontera en camión y llegó hasta Bamako (Mali), donde se quedó en casa de unos amigos. Luego de idas y vueltas para terminar de conseguir el dinero, un “coyote” lo hizo venir a Europa con un pasaporte falso, del que se deshizo una vez pasada la aduana. Viajaron juntos hasta Barcelona, donde Aké se quedó una semana, durmiendo en una pensión, antes de decidir comprar un pasaje en bus para París. En la Ciudad Luz todo era sombra. Aké recuerda haberse sentido “completamente desorientado” a pesar de hablar el idioma, no entendía la red de subterráneos, no conocía a nadie, todo el mundo parecía hostil. Pero sabía que iba a pedir asilo. Y eso hizo. Completó el formulario que le entregaron en la Prefectura, escribió su historia de persecución4 y unos meses más tarde, justo el día de su cumpleaños, la Oficina francesa de protección de refugiados y apátridas (OFPRA) – organismo encargado de evaluar la elegibilidad de la petición – lo convocó a una audiencia. Las cosas no sucedieron como él imaginaba, la cita sólo duró diez minutos:

“Cuando salí de la entrevista era pesimista, no podía creerlo, yo la escuché [a la Oficial de Protección] todo el tiempo… pero era yo quien debía hablar… Después de un mes, dos meses, tres meses, me puse más optimista. El tiempo pasaba y me sentía un poco mejor” (19/12/05)5

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Cuando le pido durante una entrevista que me cuente un recuerdo agradable vivido en Francia, Aké no duda un segundo: “el día que entré al Centro, dije uff”, responde, dejándose caer sobre la cama, sonriente. Aké, como la mayoría de mis interlocutores, afirma sentirse “aliviado” en el Centro, “más tranquilo”. En este sentido, Elianne, peticionante de asilo congoleña, me explicaba:

“Acá, al menos puedo relajarme un mínimo, sé que mis hijos se levantan a la mañana y pueden bajar a tomar el desayuno, que van a comer a la noche, que se ocupan de su salud. Comienzo a relajarme un poco” (28/02/05).

La entrada al Centro abre un tiempo para ocuparse de sí (consultar un médico, empezar una terapia psicológica, etc.) Es también un tiempo de aprendizaje de los códigos propios a la sociedad receptora, sobre todo, de la burocracia francesa. Aké, al igual que Elianne, se siente “aliviado” porque no tiene que pensar dónde va a dormir al día siguiente, sus medios de subsistencia están garantizados y beneficia de la asistencia técnica de los profesionales del Centro, que “saben qué [hay que] hacer”.

A pesar del significativo aumento de su capacidad y de la disminución del número de solicitantes de asilo, el dispositivo de recepción y asistencia francés constituye un recurso escaso, puesto que no todos los solicitantes acceden a este tipo de ayuda. Sólo unas 20 000 personas obtienen lugar en un Centro, en tanto las solicitudes de asilo rondaron, en 2008 la cifra de 27 000 a la que hay que sumar unos 8 300 menores que acompañan a sus padres, alrededor de 7 200 pedidos de revisión y un número incierto pero elevado de peticionantes de años anteriores cuyas solicitudes todavía no fueron estudiadas. Los “privilegiados” que acceden al dispositivo son asistidos durante todo el período y cuentan con la ayuda técnica para construir su petición, lo que no es una ventaja menor si se toma en cuenta la elevada proporción de personas que obtienen el estatuto6. De hecho, el Centro constituye un período de (pseudo) estabilidad bajo el ala protectora del Estado, aun cuando se trate de una tranquilidad provisoria.
Indudablemente, vivir durante un lapso de tiempo más o menos prolongado en un Centro puede ser la mejor opción si la otra posibilidad es encontrarse en la calle, sin recursos materiales y sin el savoir faire necesario para insertarse en la lógica administrativa de manera eficaz. No obstante, es importante subrayar que la entrada al dispositivo de recepción no es sin consecuencias. Sin ser un espacio de excepción (como un “campo” o un centro de retención administrativa donde se mantiene a los inmigrantes ilegales antes de su expulsión del territorio nacional), ni una institución total goffmaniana (como puede ser la cárcel), el Centro es un espacio de confinamiento, donde las prácticas oscilan entre el control y la compasión7. Los peticionantes de asilo dependen del Centro para recibir la ayuda financiera, para el alojamiento, para la escolarización de los hijos. Aunque sus puertas estén abiertas y gocen teóricamente de libre circulación, es imposible ausentarse unos días del Centro sin advertir a los asistentes sociales. Deben conformarse a sus instrucciones y ven el más mínimo detalle de su vida inscripto en un dossier. La asistencia en el Centro provoca, en cierta medida, la pérdida de la autonomía, y muchos solicitantes perciben su vida allí como “la vida en la cárcel” o “la vida bajo vigilancia”8.

El ejercicio del poder sobre el tiempo de los otros, más concretamente, hacer esperar a los solicitantes, excede en mucho la forma de gobierno del Centro y está vinculado, más ampliamente, a las condiciones (políticas y sociales) del asilo en Francia. Impuesta, la espera implica una forma de sumisión y, tal como apunta Pierre Bourdieu9, mientras dura, modifica la conducta de aquellos suspendidos a la decisión esperada. Así, la petición de asilo (y la entrada al Centro) implica una perturbación del tiempo que se suma a la contradicción temporal que habita al emigrante, tironeado entre dos tiempos, dos condiciones, dos países10. Dejo de lado en este artículo la dimensión política de la espera para abordar solamente la forma en que ésta es vivida en el Centro. Para los solicitantes que no acceden a este tipo de asistencia, la espera queda subsumida a la búsqueda de un sitio para dormir, dinero para comer. La prioridad es subsistir, no hay espacio para que se despliegue la espera. Al contrario, el confinamiento en el Centro hace que la espera tome cuerpo, imprimiendo una suerte de materialidad a la experiencia del tiempo, que propongo explorar a continuación.

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No hay ruido. La puerta de la primera habitación está cerrada, los chicos seguramente están en la escuela, los crucé esta mañana. La puerta de la habitación que ocupa desde hace un año la pareja moldava está entreabierta, Ludmila barre mientras su marido conversa con un hombre que no conozco. Son las dos de la tarde, todo está tranquilo en este departamento del tercer piso. Golpeo a la última puerta, al fondo. Aké está en su pequeña habitación, la tele encendida pero sin volumen, tirado en su cama, escucha la radio. ¿Qué hacías? “Nada, como siempre” (notas de campo 04/07/05).

 

Este fragmento de mis notas del 4 de julio de 2005 no es muy diferente de lo que escribí el 21 de abril, el 14 de febrero o el 31 de mayo. Podría decirse que no pasa demasiado. Como en algunas películas del llamado “nuevo cine argentino”, como La libertad o Los muertos de Lisandro Alonso, o como Hamaca Paraguaya de Paz Encina11, donde sólo el espectador despistado aguarda que pase algo extraordinario que cambie el ritmo de la historia. En este apartado será cuestión de explorar un aspecto que el material etnográfico refleja de manera contundente: la percepción de un tiempo vacío. O, lo que parecería una experiencia vecina, el aburrimiento.

Cuando conocí a Aké, según sus propios términos, no hacía gran cosa de sus jornadas, se quedaba todo el tiempo en su pequeña habitación salvo cuando debía ir al psicólogo o cuando participaba de las actividades del Centro. Leyendo mis notas de campo, al principio, pensé que podía tratarse de un efecto de escritura; ahora, después de haber releído la totalidad del material, descarto esa idea. Al contrario, fragmentos como el citado ilustran bien una tarde en el Centro tal como la describe la mayoría de mis interlocutores, tal como yo misma lo viví. Durante unos meses, en una etapa en la que pasaba todo el día en el Centro, cuando no tenía prevista ninguna entrevista, solía pasar por la habitación de Aké a tomar un té, comer mandarinas en invierno, melón en verano, charlar sobre los temas más diversos o mirar la televisión siempre encendida. Según su humor, por períodos, Aké se queda encerrado en su habitación la mayor parte de la jornada o se va temprano y regresa con el último metro. En general comienza su día a las seis para rezar y luego vuelve a la cama. Se levanta alrededor de las diez y media. La mañana transcurre entre las noticias en la radio, el correo que baja a buscar a las oficinas de los asistentes sociales, alguna conversación con otros peticionantes que cruza en las escaleras. La tarde es el tiempo de la televisión12. Si hay una salida al parque, a París, tal vez participe. Si “tiene pilas”, según él mismo comenta, viaja una hora y media en colectivo y subte para ir al bar de Place de Clichy a encontrarse con sus compatriotas. A ello se suman, por supuesto, las visitas a la Prefectura, cada tres meses, para renovar su carta de estadía provisoria, la cita semanal con el psicólogo, las compras. Tal vez a la noche charla un rato con algún vecino. Algunos extractos de mis notas dan cuenta de su cotidianidad:

Cuando llego a su habitación, la puerta está abierta, lo veo ordenando la vajilla. La tele está encendida, aunque no la mire, para “escuchar el ruido”. Acaba de comer, me propone un té. Charlamos sobre cualquier cosa al principio, luego sobre los ritos de iniciación y su experiencia en el bosque sagrado (…) Los programas televisivos se suceden, nosotros charlamos (…) su celular suena una vez, “es un amigo marfileño”, me explica. No había previsto nada para hoy. “Por suerte viniste, me aburro un poco” (notas de campo, 21/04/05)

No había previsto pasar por su habitación pero lo intento porque me queda un rato libre antes de una entrevista con una señora de Sri Lanka. Parece que no hay nadie en el departamento, sólo oigo el ruido lejano de la tele. Constato que está. Golpeo. ¿Puedo entrar? ¿Qué hacías? “Sí, nada en particular, me embolo un poco como siempre pero todo bien ¿Querés un té?” (…) La charla esta vez versará sobre un tema de actualidad: las caricaturas de Mahoma (notas de campo, 14/02/06).

Cuando Aké habla de su vida, cuando cuenta su historia, distingue de manera explícita dos tiempos que, en realidad, se corresponden con dos espacios: el tiempo “allá”, el tiempo “acá”. Estas dos temporalidades son vividas como antitéticas:

“Cuando hay algo tan sorprendente que te pasa y que no lográs entender… No puedo entender cómo con personas que conocés desde siempre, de pronto por nada, por razones que no se tienen paradas, por cuestiones de ideología, por cuestiones de liderazgo, se pueda asesinar… ya no entiendo nada. De todos modos, todo pasó como un flash, me parece que fue un sueño, un mal sueño, todo lo de… sobre todo en Bouaké, me duele. Lo peor es respecto a mi madre (…) Nunca hubiera pensado en algo así, todo fue un flash. Acá es diferente, hay tiempo, es real, es bien real” (19/12/05).

A la vida activa, al tiempo repleto de obligaciones y eventos extraordinarios (que marcaron su partida), se opone el tiempo sin actividades, el tiempo de la espera en el Centro, donde el aburrimiento constituye el malestar impalpable pero real de la vida cotidiana. Su antiguo horizonte temporal le permitía estructurar sus jornadas mientras que ahora (“acá”) el tiempo es elástico y aparece tan estirado que se hace abstracto. Una de las principales dificultades cuando se aborda el tiempo, según apunta Norbert Elias13 es la tendencia a atribuir al tiempo mismo ciertas propiedades de los procesos de los cuales el concepto representa simbólicamente los aspectos evolutivos. Así, decimos “el tiempo pasa” haciendo referencia a las transformaciones continuas de nuestra existencia o de la sociedad en la que vivimos. El ejemplo inverso, pero similar, es el de los peticionantes de asilo en el Centro, allí cuando dicen “el tiempo no pasa” – frase que se repite –, lo que no evoluciona es, en realidad, la situación en la que se encuentran atrapados.

“Pedir asilo al principio era para estar seguro. Segundo plano, paso tiempo acá, paso mucho tiempo y ¿qué hago? No hago nada, estoy bloqueado. Este tiempo debería ser a mi favor, debería permitirme recrearme, pero sin papeles, ¿qué puedo hacer? Un ejemplo es lo que me pasó en la universidad Paris 12, me dijeron dónde está tu permiso de residencia, les muestro mi papel provisorio y me dicen que hace falta un permiso de un año y como encima no ingresé al país de manera regular no se puede hacer nada, no me pueden aceptar. Ves el obstáculo, te ves prisionero, prisionero de Francia porque mientras estés en este engranaje no te podés salir, no te vas a ir. Estás bloqueado, no te podés mover como querés, no podés estudiar, casi estás obligado a quedarte entre estas cuatro paredes. Es difícil, es una situación de opresión la que estoy viviendo, hoy puedo decir que pedir asilo es para mí la posibilidad de tener los papeles pero ayer no decía eso. Era el estatuto de refugiado para tener la libertad, para tener mi libertad, pero ahora mi libertad, aunque no sé cómo llamarlo, [porque] no es lo mismo, está bloqueada” (19/12/05).

Aké tiene la sensación que no puede ejercer plenamente su libertad, los problemas, claro, no son los mismos que en su país, no está perseguido, no está amenazado, sin embargo siente que su libertad está “aplastada” porque (legalmente) “no puede hacer nada”, se trata de un tiempo “bloqueado”. En el fragmento de entrevista citado la espera aparece como no-productiva, negativa, vinculada a un sentimiento de opresión. Ello debe pensarse en relación al confinamiento en el Centro. Una tarde Aké no puede disimular su malestar:

“La soledad mata, quedarme acá encerrado todo el día me está matando. Me siento como encerrado, es eso, en la cárcel, no hay nada que hacer y me aburro” (21/04/05).

Aké se siente “bloqueado” en el tiempo (de la espera) y en el espacio (del Centro). Muchos interlocutores manifestaron la percepción de un “tiempo perdido” (“demasiado tiempo”). Se trata de un tiempo que “llenar”, un tiempo que es “demasiado”, lo que reenvía a un lenguaje que Alfred Gell14 califica como reificador del tiempo, y que corresponde a un régimen temporal objetivado más que vivido. El tiempo es percibido como un valor y la espera aparece asociada a la pérdida de un bien (“ganar” o “perder” el tiempo). El valor de la espera en el Centro aparece, sin embargo, también, como mencionara, vinculada a la posibilidad, en términos de Aké, “de aprender todo el engranaje” de los códigos (burocráticos, sociales, lingüísticos, etc.) franceses. El trabajo de aprendizaje permite otorgar un sentido a la espera, matizando así la concepción de la estancia en el Centro como una “pérdida de tiempo”.

Sin intención de caer en una visión funcionalista del fenómeno religioso, me gustaría señalar que la actividad religiosa, por su parte, puede constituir una forma de “olvidar” la espera y de renovar la esperanza, o, al menos, otra forma de “pasar el tiempo”. El sr. Jaraonary, originario de Madagascar, va todos los domingos a la iglesia protestante de Porte de Lilas junto a su mujer y su pequeño hijo:

“estamos contentos [porque] Dios nos apoya, está con nosotros. Después del desayuno, lo llevamos [a su hijo de tres años] a la sala de juego, luego subimos a leer la Biblia y a rezar (…) [Cuando] pensamos en los problemas, en la entrevista con la OFPRA, no sabemos qué va a pasar, cantamos y rezamos y nos sentimos mejor (…) pensamos en otra cosa, en una casa bonita y en el trabajo, cuando ya podamos tener otro hijo” (14/04/04).

Las horas de canto y de rezo, en la iglesia o en la habitación del Centro, permiten ocupar el tiempo de espera a la vez que la desplazan hacia el futuro, focalizando en la dimensión de la espera vinculada a las expectativas del tiempo venidero (cuando tengan “una casa bonita”, un trabajo y “cuando ya podamos tener otro hijo”). Es cierto que la actividad religiosa no parece, en el caso de Aké, contribuir a “olvidar” la temporalidad impuesta por la burocracia. Aparece, sin embargo, como una forma de ordenar el “tiempo vacío”. Sobre todo, durante las semanas de Ramadán, único momento del año en el que Aké cumple con las cinco plegarias cotidianas y los rezos específicos de la celebración. El ritmo de la jornada está marcado por el ayuno y las oraciones. Durante este mes, “los días pasan más rápido a pesar del sacrificio de estar sin comer ni beber durante toda la jornada”.

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La espera y la “vida tranquila” en el Centro constituyen asimismo el momento y el espacio para pensar en el futuro. En la espera se despliega todo un imaginario respecto del “después” (el fin de la evaluación del estatuto), donde comenzaría una “nueva vida”, una “vida normal”. El día en que Pedro, peticionante cubano, recibió la carta que confirmaba la obtención del estatuto de refugiado, admitía:

“Es muy fuerte, no lo puedo creer. Es la primera buena noticia desde que estamos acá. No puedo evitar las lágrimas. Ya me siento distinto, ahora las cosas cambian, ya tengo derecho a luchar, a seguir luchando. Empiezo una nueva vida” (09/11/04).

La “nueva vida” que aparece en el discurso de todos los solicitantes de asilo encontrados puede, en cierta medida, parecer improbable o, simplemente, una frase que retoman de los trabajadores sociales que, del mismo modo que dicen “felicitaciones” cada vez que un peticionante obtiene el estatuto, tratan de levantar el ánimo de otros aconsejándoles que piensen en su “nueva vida, después”, dentro de no demasiado. En una reunión informal con colegas tesistas, cuando comenté los imaginarios de una “vida normal” que se constituyen en el Centro, me señalaron que una vida de ese tipo no era más que una caricatura poco verídica de la “vida real”. Es posible. Sin embargo, sugiero que, cuando mis interlocutores se refieren a una “nueva vida”, lo que ponen en evidencia es su deseo de dejar el Centro y tener un espacio que consideren su lugar (eventualmente, su “hogar”). Vale recordar que el Centro nunca es considerado de tal modo. La articulación entre la temporalidad de la espera y el marco espacial en el que ésta se despliega se hace evidente. Por supuesto el “horizonte de espera”15 de los peticionantes de asilo en Francia, está claramente vinculado a la obtención del estatuto o, más bien, a la regularización de su situación jurídica, cualquiera sea la vía para lograrlo. Así, la petición de asilo es concebida por algunos interlocutores como una posibilidad entre otras, la espera en el Centro es, pues, vivida como un momento transitorio y no como específicamente definitorio.

Desde que conozco a Aké sus proyectos no han cambiado. Para él, la “vida normal” es tener una estabilidad jurídica que le permita, primero, continuar sus estudios y tener un empleo. Luego, si la situación de su país lo permite, dice que quiere volver a Costa de Marfil, reencontrar a su hija:

“Una vez que la paz, una vez que los hermanos marfileños se pongan de acuerdo sobre un principio de democracia, creo que a partir de ese momento será tiempo de volver (…) [si] lo que me trajo a Francia ya no tiene razón de ser entonces espero volver” (19/12/06).

La espera aparece aquí vinculada a la esperanza, lo que remite al doble significado del término “esperar”, que se evidencia en francés e inglés. En ambos idiomas existen dos términos diferentes para designar la dimensión vinculada a la duración, esto es, el permanecer (en un sitio) donde se cree ha de ir alguien o donde se presume ha de ocurrir algo (attendre/wait), y la dimensión que implica una suerte de proyección al futuro, vinculada a la esperanza (espérer/hope)

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Volvamos atrás en la biografía. En abril de 2005 Aké se pone a trabajar en París, reemplazando a un amigo en el servicio de limpieza de una empresa. Dice que está bien por el dinero, que no le gusta limpiar las cosas de otros pero que al menos ocupa su día. Desde entonces, sólo lo cruzo rápido por la mañana, cuando baja en busca del correo. Admite que ya no soporta estar en el Centro, que si no se consigue algún “trabajito” prefiere estar todo el día en el bar de Clichy antes que quedarse en su habitación. En septiembre nos encontramos a tomar un café. Desde hace un mes trabaja en un restaurante marfileño:

“me hace bien, cambié un poco mi cotidianidad, está bien así no estoy todo el tiempo encerrado… Vuelvo tarde al Centro, está bien (…) Después de todo, [el trabajo] permite vivir en la espera… en realidad, vivir la espera” (08/09/05).

El trabajo aparece aquí como una táctica que permite a Aké esquivar, en alguna medida, ciertos efectos del Centro, como el control o el confinamiento. La noción de táctica implica, siguiendo a Michel de Certeau16, un tipo de acción basado en una racionalidad pragmática, donde no existe el cálculo o la previsión. Por el contrario, se trata de pequeñas prácticas cotidianas que aprovechan las oportunidades que se presentan en el momento. El trabajo en el restaurante permite a Aké obtener un ingreso de dinero que se suma al subsidio del Estado y que es capital para cubrir los gastos del abogado, abre una vía de socialización y le permite recuperar cierta autoestima. Tal como plantea el sociólogo Smaïn Laacher17 en su análisis sobre los inmigrantes “clandestinos”, el empleo ilegal aparece como un “fraude necesario”, moral, política y simbólicamente ambivalente. De allí la actitud de tolerancia de los profesionales de los Centros, que, incluso, a veces estimulan el trabajo “en negro”. A ello debemos sumar otro elemento, a saber, que el trabajo constituye una táctica que permite a Aké ocupar el tiempo de espera, le permite estructurar su vida cotidiana a partir de una temporalidad particular (con fechas, horarios). Permite así “disfrazar” la espera, “vivirla” en oposición a la espera vinculada al aburrimiento, que es objetivada y percibida como “no vivida”. Unos meses más tarde, durante una entrevista, Aké me explica:

“Con la evolución del tiempo no tenés la misma aspiración, el momento hace que tengas diferentes aspiraciones. Cuando llegué era todavía…, me acechaba la idea de fuga y de clandestinidad, quería sobre todo una vida tranquila, la amenaza estaba como todo el tiempo y quería una vida más tranquila. Después, otras cosas te vienen a la cabeza, cómo decirlo, la idea… en realidad, cuando te das cuenta que estás en Francia, que no hay casi peligro, empiezan a jugar otras cosas, tu vida… te da la impresión de que tu vida no avanza, no hacés nada (…) quedarse acá todo el día sin hacer nada es muy molesto” (19/12/05).

El trabajo aparece como una forma de “hacer algo”. Otras actividades pueden también “engañar” la espera. José, por ejemplo, mientras aguardaba la respuesta a su petición, se dedicaba a la actividad política en una asociación de exiliados cubanos. Participaba en conferencia, programas de radio, encontraba gente, hacía relaciones. Según sus propios términos, seguía trabajando para su país.

Prestar atención a las tácticas desplegadas, por más minúsculas que sean, permite, por otra parte, alejarse de aquellos que sólo ven a los peticionantes de asilo, y más ampliamente a los refugiados, como víctimas. Abordar las posibilidades de acción de los solicitantes de asilo, aun cuando se encuentran, por así decir, atrapados en el espacio y perdidos en el tiempo, es, simplemente, tomarlos en cuenta como sujetos.

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Cuando comencé mi trabajo de campo en los centros de recepción y asistencia para solicitantes de asilo me parecía que todo el mundo hablaba de la espera. Los asistentes sociales mencionaban constantemente frases del tipo “no es para nada obvio vivir en la espera” o “nuestro trabajo es manejar la espera”. Cuando les preguntaba por ella, los solicitantes de asilo respondían que la espera constituía “una angustia terrible”, que era “difícil de vivir”, que era “insoportable”. Ahora tengo la sensación contraria, que, finalmente, dicen poco sobre la espera. Para darse una pequeña idea, sobre 80 000 palabras de entrevistas, el sustantivo “espera” y el verbo “esperar” sólo aparecen 72 veces, lo que no parece una cifra exorbitante. Sin embargo, no se puede decir que porque no se la nombra no existe. Aké, al igual que el personaje de la novela de Antonio di Benedetto, Diego de Zama, al que hace referencia el epígrafe de este texto, lleva la espera en soliloquio… Sólo de vez en cuando menciona la espera de “los papeles”. Puede eventualmente hacer un comentario sobre su presente incierto, sobre su “situación”, pero no dice la espera. El silencio o la “pobreza de palabras”, para retomar a Veena Das18, corresponde a la imposibilidad de decir la violencia cotidiana de la espera normalizada en el espacio del Centro. De hecho, Aké sólo lo hace cuando yo abordo explícitamente el tema. Una tarde, durante una entrevista, le señalo que nunca me había hablado de su espera, que nunca había empleado el término (lo que, en realidad, no era cierto como podría constatar más tarde). Mi pregunta, creo, le pareció ridícula. Simplemente sonrió y respondió: “sí [risas], sí pero más o menos hablamos de eso, siempre es eso en realidad”.

El presente artículo trata, de manera sucinta, la biografía de un hombre marfileño a través de “eso” que es la espera. ¿Serían muy diferentes estas páginas si abordara las experiencias de una joven mauritana? ¿O de una mujer rusa? ¿O de un joven colombiano? Formulado en otros términos, ¿existen diferencias culturales o de género en la relación a la espera, de acuerdo a lo observado en los Centros? El tiempo es un elemento importante en la (construcción de la) subjetividad. Y la temporalidad no es universal, el tiempo no es concebido de igual modo por todos en todos lados. No todas las personas que entrevisté tienen el mismo vínculo con la espera (tampoco viven del mismo modo el confinamiento). Hablar de la experiencia de la espera en singular no implica en lo absoluto rechazar la posibilidad de las experiencias de la espera en plural. Sin embargo, las diferencias parecen tener más que ver con las trayectorias que con las culturas. La diversidad de prácticas de la temporalidad proviene de las implicancias específicas que confieren a cada situación su singularidad temporal. Así, el Centro imprime la particularidad de una temporalidad de la espera que viven todos los peticionantes de asilo (en este sentido utilizo el término de experiencia en singular). Las diferencias que puedan existir en la forma de percibir la espera radican en los diferentes recorridos. El capital social y simbólico de la persona, la historia que provoca la migración, su trayectoria, todo eso permite explicar la multiplicidad de experiencias (en plural) de la espera. Por supuesto, la concepción del tiempo en un pueblo africano es diferente de la que existe en Europa del Este o en alguna parte de Asia, o del tiempo tal como se concibe en Francia. Debo decir, frustrando tal vez a algún relativista cultural, que no encontré que las diferencias culturales remitan sistemáticamente a diferencias en cuanto a la percepción de la espera. El género tampoco parece instaurar grandes diferencias. Existe, sí, una distinción en cuanto al rol social atribuido, puesto que la cotidianidad de las mujeres madres se encuadra en una temporalidad vinculada a la escolaridad, a las necesidades de los hijos y a la sociabilidad que se desarrolla en torno a ellos. Pero los hombres padres se encuentran en la misma situación cuando se trata de familias monoparentales. Cuando están ambos padres, en muchas de las familias observadas, el padre se mantiene un poco al margen de las estructuras temporales establecidas por la escolaridad pero si éste pasa mucho tiempo en el Centro, en general, termina acoplándose al ritmo escolar. Las mujeres son quienes se ocupan con mayor frecuencia de las actividades domésticas, las comidas suelen pautar la jornada. Sin embargo, ello no crea una diferencia sustancial respecto de la experiencia masculina. Tampoco les permite soslayar la espera.

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Una mañana de octubre 2005 me cruzo a Aké en la escalera del Centro. Va apurado al correo, parece que tiene “una carta importante”, “es la respuesta, es la respuesta”, sospecha. Lo acompaño. Mira el sobre, “es negativo, seguro, están los documentos, es negativo”. En efecto. Volvemos hacia el Centro. Aké llora discretamente, rompe el silencio sólo un instante: “no me lo esperaba, un año de espera para esto”. No dirá nada más. Deja su trabajo en el restaurante y se queda durante días encerrado en su habitación. Deja de participar en las actividades institucionales, “se aísla”. Los asistentes sociales dicen que fue muy duro para él… Vuelven los días de televisión, de mandarinas, de radio. Pero recobra fuerzas para redactar la apelación, contrata un abogado. Y espera que lo convoquen a una audiencia frente al tribunal de la Comisión de Apelaciones. En enero de 2006 vuelve a hacer un reemplazo en el servicio de limpieza. Lo veo poco. En abril nos encontramos en Clichy para tomar un café. Un amigo que obtuvo su permiso de residencia le “presta” su nombre para conseguir pequeños trabajos a través de una empresa de empleos temporales:

“No es totalmente legal pero al menos eso [el trabajo] me cambia las ideas, veo otra gente, saco un poco de plata para pagar el abogado, no estoy encerrado todo el día en el Centro. Si no trabajo vengo acá. Puedo venir a la mañana, ir a almorzar a Porte de Clichy [un comedor social] y después volver y quedarme hasta la noche. No puedo estar más en el Centro. Así al menos el tiempo pasa más rápido, cambio un poco de aire” (13/04/06).

El tiempo en el Centro para peticionantes de asilo aparece como un intersticio, una interrupción momentánea, un tiempo para ocuparse de sí teniendo asegurados los medios de subsistencia, en una trayectoria marcada por la circulación. Durante esta pausa se despliega una temporalidad de la espera cuyos contornos he intentado trazar en estas páginas. El objetivo ha sido explorar su contenido, es decir, las actividades cotidianas para pasar, olvidar, matar el tiempo: mirar la televisión, discutir con los vecinos, conmigo, escuchar la radio, ver amigos, rezar, trabajar… El acento puesto en la espera, en la biografía estudiada, puede parecer subestimar las otras dimensiones de la experiencia de los solicitantes de asilo que acceden al dispositivo de asistencia estatal (el confinamiento, el control, la alteridad, constituyen otros aspectos de la misma). Sin embargo, me pareció necesario dar cuenta de las prácticas cotidianas de Aké así como de sus percepciones en tanto revelan la forma en que la espera atraviesa su vida y el lugar central que ocupa en la experiencia de quienes, como él, solicitan refugio en Francia.

Veintinueve meses después de recibir aquella carta con una respuesta negativa de las autoridades francesas, Aké fue convocado a la instancia de apelación. Los jueces decidieron otorgarle el estatuto de refugiado. El fin de la espera. El comienzo de otras.

 

1  De acuerdo con la definición jurídica internacional, es refugiado toda persona que: “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país; o que, careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a él” (Convención de Ginebra, Art. I. A.2, cf. www.unhcr.ch). Quien solicite esta protección internacional es considerado un “peticionante de asilo”.
2  Dichos centros son financiados por el Estado y administrados por diversas ONGs. Se trata de instituciones parcialmente cerradas de albergue colectivo, que ofrecen un seguimiento sanitario, ayuda jurídica para la petición de asilo, escolarización para los hijos y un acompañamiento social. En ellas se encuentran entre 80 y 300 personas de distintas nacionalidades (familias numerosas, monoparentales, personas solas) mientras esperan la resolución de su solicitud de refugio.
3  Su nombre, así como el de todos mis interlocutores, es ficticio.
4  Con el fin de evitar la discusión respecto de la verdad o falsedad del relato y la legitimidad o ilegitimidad de la petición de asilo – discusión sin duda interesante, y que adopta a menudo proporciones inconmensurables, pero que poco aporta a la exploración de la espera –, no aparece en este texto ninguna referencia clara o precisa a la “historia de persecución” de Aké.
5  Todas las citas textuales de Aké están traducidas del francés.
6  Las solicitudes que obtienen una respuesta positiva, esto es, el reconocimiento de la condición de refugiado, no superan el 20%. Aunque no hay datos oficiales, se calcula que los peticionantes de asilo que se encuentran en los Centros tienen entre un 50 y un 85% más de chances de obtener el estatuto.
7  Cf. D, Fassin, « Compassion and Repression: The moral economy of immigration policies in France», En: Cultural Anthropology 20, nº 3, AAA/ University of California Press, 2005.
8  Las nuevas reglamentaciones de 2007 acentúan las prácticas de control, obligando a las autoridades de los Centros a enviar regularmente a la Prefectura de policía información sobre los extranjeros que albergan. Lo que, entre otras cosas, permite al Estado ubicar a los peticionantes de asilo cuya solicitud acaba de ser rechazada (y que los convierte en ilegales), para, eventualmente, apresarlos y expulsarlos del espacio comunitario europeo. Basta echar una mirada a los diarios franceses para notar que las operaciones de control de identidad y de detención de “ilegales” se han vuelto cotidianas, para recordar que el flamante gobierno de Nicolas Sarkozy se ha propuesto batir el récord de expulsiones.
9  P. Bourdieu, Méditations Pascaliennes, Paris, Editions du Seuil, 1997.
10  Cf. A. Sayad, La double absence. Des illusions de l’émigré aux souffrances de l’immigré, Paris, Editions du Seuil, 1999.
11  De las tres películas mencionadas, Hamaca Paraguaya es la única que trata explícitamente el tema de la espera.
12  Ya sea un aparato viejo, nuevo, grande o pequeño, todos los peticionantes de asilo, vengan de donde vengan, se compran o consiguen un televisor. A pesar de su omnipresencia, sus usos son diversos: forma de conocimiento (de la lengua o la cultura), espectáculo o compañía (cf. V. Caradec, « Vieillesse et télévision. Diversité des modes de vie et des usages », En : O. Donnant, Olivier (Ed.) : Regards croisés sur les pratiques culturelles, Paris, La documentation française, 2003). Para Aké la televisión es “un ruido de fondo”, que puede pensarse a la luz de lo que Jakobson (R. Jakobson, Essais de linguistique générale. Les fondations du langage, Paris, Editions de Minuit, 1963) denomina la función fática del lenguaje, esto es, cuando el mensaje está centrado únicamente en el contacto, el canal físico y la conexión psicológica que permite la comunicación. No se trata aquí de transmitir sentido sino de garantizar la posibilidad de un vínculo con el mundo exterior.
13   N. Elias, Du temps, Paris, Fayard, 1984.
14  A. Gell, The anthropology of time. Cultural constructions of temporal maps and images, Oxford, Berg Publishers, 1992.
15  R. Koselleck, Le futur passé. Contribution à la sémantique des temps historiques, Paris, Editions de l’EHESS, 1979.
16  M. De Certeau, L’invention du quotidien, tome 1, Paris, Gallimard (Folio), 1980.
17  S. Laacher, « Eléments pour une sociologie de l’exil », En : Politix, 24, n° 6, Paris, Armand Colin, 2004.
18  V. Das, Life and Words. Violence and the descent into the ordinary, California, University of California Press, 2007, p. 79.